jueves, septiembre 15, 2005

CINCO SUEÑOS

III

No hace falta detenerse en algún canal de música, jugando con los botones del control remoto Fernanda arma su propio video-clip saltando de canal en canal a toda velocidad. Se siente cómoda, no sólo en el cuerpo peludo y obeso que está ocupando sino también en el sillón donde está acostada, en esa habitación a oscuras iluminada solamente por las imágenes que van y vienen en la pantalla del televisor.
Podría enmudecer el aparato y sumergirse en un silencio absoluto, como volar dentro de una nube cargada de paz y tranquilidad. Pero no lo hace, por alguna razón le es imprescindible que el ruido permanezca alrededor acompañándola.
Noticia, un muerto en un asalto. Película, un hombre venga la muerte de su familia. Deportes, gol del equipo de rojo. Película, él sube a su caballo y se aleja galopando. Serie, es cómico como ella golpea a su marido con una sartén pensando que se trata de un ladrón. Deportes, el bateador se prepara. Documental, el cascarón se rompe. Dibujos animados, un animal golpea a otro.
Comienza a desvanecerse en el sillón. Fernanda misma se siente volátil, como si sus pensamientos flotaran por la habitación, sin dueño, sin razón para volver al extraño cuerpo que le es propio en este sueño.
Los números bailan sobre la pantalla. A veces sube el volumen, baja el volumen, saltea canales, busca algo que le llamó la atención unos minutos antes pero ya se ha ido.
Fernanda pelea contra ese estado de sueño dentro del mismo sueño. Pero la atmósfera poco a poco ahoga su intento, sus ojos se cansan de observar la nada partida en efímeras imágenes. Lentamente comprende como detrás del ruido inamovible hay un silencio que es muralla.
La pantalla se oscurece una vez más, un segundo durante el cambio entre canales, y Fernanda reconoce en la pantalla el rostro anodino del joven del departamento 3.
Al despertar descubre que su marido tampoco ha vuelto a casa esta noche. No se observa en ella ningún signo de asombro o preocupación. La costumbre es una máscara inexpresiva.
Prende la luz del velador pero los ojos le duelen y la apaga al instante. Tanteando en la oscuridad sale al patio central del edificio.