lunes, septiembre 19, 2005

CINCO SUEÑOS

V

Adora estas noches de sueños tan vívidos, donde la boca de Doña Nora se siente tan propia que hasta se permite creer que no es la anciana quien elige las palabras que dice. Estas noches de cuerpos pequeños y tan frágiles, de respiración y manos hábiles capaces de aferrarse a lo que sea.
Doña Nora se sienta en su mecedora. Inmersa en el maravilloso movimiento del vaivén prepara sus agujas y comienza a tejer, con la destreza que le dan los años y la alegría que el tiempo no le ha podido arrebatar. Sintiendo sus manos, toda esa libertad tan libre de ir y volver, los dedos desatados jugando con el hilo, observando el delicado acto de crear a través de esos ojos gastados, los muros de la casa se estremecen.
Por un segundo parece que incluso el suelo temblara.
Desde los rincones, a través de las ventanas y los pasillos, una brisa fresca juega a despertarlo todo junto con la luz de la mañana que se filtra por el patio.

domingo, septiembre 18, 2005

CINCO SUEÑOS

IV

Es una extraña sensación: estar atrapado sin haber perdido en absoluto la libertad. Lucas sabe que está soñando una vida que no es suya, reconoce el apropiarse de emociones ajenas que forma parte de su día a día en el sillón.
No siente los brazos o las piernas. No puede ver, al menos no del modo en que lo haría normalmente. Es decir, no a través de los ojos. A la vez está inundado de sentimientos. Su cuerpo inmóvil no sabe de boca ni orejas, pero sin importarle esto se extiende poblándose de aberturas, rincones, huecos, humedades y pasillos.
La quietud le es familiar, claro. Pero percibe una vida extraordinaria a lo largo de esta inmovilidad, como este cuerpo respira y se mueve a través de cada uno de sus habitantes. La forma en que toma vida de las pequeñas criaturas que lo recorren, absorbiendo sus pasos, sus temores. Esta quietud, a diferencia de la suya, consiste en una infinidad de diminutos cambios que le otorgan un sentido nuevo a cada instante.
Lucas despierta, aún empapado de aquellas sensaciones, como si el sueño no se decidiera a dejarlo ir. Le cuesta reaccionar, ubicar sus manos, sus pies, su boca. Todo tarda en volver a la normalidad.
Se pone de pie, avanza junto al televisor que continúa encendido, camina hacia el patio central.

La última puerta del patio se abre y todos observan como Lucas la atraviesa en silencio. Luego se miran unos a otros, como un ritual, examinándose, temerosos, llenos de curiosidad, adivinando la razón de esta coincidencia que los reúne. El cielo lanza un guiño con la tenue claridad del amanecer.

jueves, septiembre 15, 2005

CINCO SUEÑOS

III

No hace falta detenerse en algún canal de música, jugando con los botones del control remoto Fernanda arma su propio video-clip saltando de canal en canal a toda velocidad. Se siente cómoda, no sólo en el cuerpo peludo y obeso que está ocupando sino también en el sillón donde está acostada, en esa habitación a oscuras iluminada solamente por las imágenes que van y vienen en la pantalla del televisor.
Podría enmudecer el aparato y sumergirse en un silencio absoluto, como volar dentro de una nube cargada de paz y tranquilidad. Pero no lo hace, por alguna razón le es imprescindible que el ruido permanezca alrededor acompañándola.
Noticia, un muerto en un asalto. Película, un hombre venga la muerte de su familia. Deportes, gol del equipo de rojo. Película, él sube a su caballo y se aleja galopando. Serie, es cómico como ella golpea a su marido con una sartén pensando que se trata de un ladrón. Deportes, el bateador se prepara. Documental, el cascarón se rompe. Dibujos animados, un animal golpea a otro.
Comienza a desvanecerse en el sillón. Fernanda misma se siente volátil, como si sus pensamientos flotaran por la habitación, sin dueño, sin razón para volver al extraño cuerpo que le es propio en este sueño.
Los números bailan sobre la pantalla. A veces sube el volumen, baja el volumen, saltea canales, busca algo que le llamó la atención unos minutos antes pero ya se ha ido.
Fernanda pelea contra ese estado de sueño dentro del mismo sueño. Pero la atmósfera poco a poco ahoga su intento, sus ojos se cansan de observar la nada partida en efímeras imágenes. Lentamente comprende como detrás del ruido inamovible hay un silencio que es muralla.
La pantalla se oscurece una vez más, un segundo durante el cambio entre canales, y Fernanda reconoce en la pantalla el rostro anodino del joven del departamento 3.
Al despertar descubre que su marido tampoco ha vuelto a casa esta noche. No se observa en ella ningún signo de asombro o preocupación. La costumbre es una máscara inexpresiva.
Prende la luz del velador pero los ojos le duelen y la apaga al instante. Tanteando en la oscuridad sale al patio central del edificio.

miércoles, septiembre 14, 2005

CINCO SUEÑOS

II


Hernán no ha cocinado en su vida nada más sofisticado que un plato de fideos, una tortilla o unas hamburguesas. Pero en los sueños todo es posible, y sus manos – que se ven tan delicadas, tan suaves - están trabajando con destreza sobre esas verduras y carnes que hay sobre la mesada.
De todas formas no hay satisfacción en su corazón. No hay rastros de alegría. Sólo esa resignación que con el paso del tiempo ha sabido convertir en falsa esperanza. La imaginación de este cuerpo femenino que ocupa vuela tan lejos de esa cocina, y en su vuelo sueña la llegada del marido feliz que entra silenciosamente y la sorprende con una caricia, luego la toma por la cintura, la besa, se sienta con una sonrisa en la mesa y aplaude al descubrir que ella le está preparando su comida favorita. Le preguntará qué ha hecho durante el día y escuchará con atención mientras saborea la comida todos los giros inesperados que han tomado las telenovelas de la tarde, las peleas más resonantes entre las vedettes, sabrá de la fortuna del correntino que ganó 10 mil dólares con tan solo llamar por teléfono; y todo esto lo hará sonreir aún más, y tras escucharlo todo se acercará a ella y la besará con tanto orgullo, con tanto amor.
Se arrodilla sobre el frío enlosado de la cocina, junto a la heladera. Como todas las tardes, esa mezcla de imaginación, falsa esperanza y horrible mentira que se ha acostumbrado a vivir diariamente le cubre las mejillas de lágrimas.
Hernán sólo piensa en despertar. Pero aún no es el momento, está encerrado en esa vida que está encerrada en sí misma. Sólo puede sentir la frustración desplegada alrededor de toda la cocina, cubriendo mesas, azulejos, pileta, heladera y sillas. Un frío que lo inunda todo.
El movimiento que quiebra el llanto es casi automático. Se acomoda, abre la puerta del horno, toma la fuente con la carne y la echa dentro. En el vidrio de la puerta reconoce vagamente el rostro de la mujer del departamento 4, la puerta en la otra punta del patio.

Los ojos de Hernán se abren violentamente. El cuerpo le pesa exageradamente, pero se las arregla para levantarse y dirigirse hacia la puerta de entrada. Llega al patio con el sabor del sueño aún impregnado en su mirada.

domingo, septiembre 11, 2005

CINCO SUEÑOS

I

Doña Nora sabe que ella no es él, eso está en claro desde el comienzo. Pero esa certeza natural tan propia de los sueños le permite acomodarse a ese cuerpo ajeno, a esa mente extraña, como si de un viejo vestido se tratara.
Ni siquiera le resulta extraño el rostro de la muchacha que llora delante suyo.
- ¿Cómo podés decirme esto ahora? – reclama ella con ese modo de gritar sin levantar la voz que manejan tan hábilmente algunas mujeres. Como ella misma lo hiciera medio siglo atrás, cuando los jóvenes del barrio peleaban entre ellos por pasear bajo su balcón y ofrecerle charla por las tardes para rogarle su compañía en el baile del sábado.
- Lo digo ahora porque ahora es lo que siento. – Las palabras corren por su boca sin oposición, guiadas por una fuerza y lógica que les es propia. Comienza a dominarla una sensación que le nubla la mirada y le inmoviliza el cuerpo. Permanece quieta, quieto.
- No puede ser, no puede ser. Hace una semana estaba todo bien... planeando todo, a punto de venirme, y ahora saltás con esto... sos un hijo de puta, eso es lo que sos vos.
Doña Nora quiere reaccionar, pero su boca está bloqueada. Comprende todo el dolor de la joven, mientras no puede evitar sufrir el dolor que siente él ante la situación que ha despertado.
- Dani, por favor... te pido que trates de entender. Yo no puedo evitar sentirme así, si yo pudiera cambiaría todo... - Es en vano, Doña Nora lo sabe, pero igualmente acompaña cada una de las palabras como si realmente hubiese algún motivo para hacerlas escuchar.
- ¿Cambiar? - Las lágrimas inundan el rostro de la joven, y por alguna extraña razón es entonces que Doña Nora se da cuenta de que ha visto a aquella muchacha antes.
Fuera de los sueños.
- Sí, cambiar... para que todo siga como antes. Pero hay algo que falta, y no puedo negarlo ni encontrarle solución, Dani. Yo te quiero tanto, y vos lo sabés... - Los puños apretados, la voz resonando en la habitación con tanta fuerza y a la vez tan débil, tan inútil. Quiere creer lo que está diciendo, creer por un momento que queda algo por hacer. Pero cuando esa puerta se abre, sólo queda salir y no mirar atrás. Quedarse es prolongar una despedida que podría hasta olerse en la piel.
- ¿Vos me querés? ¿Y me dejás así, como si nada...? Lo que a vos te falta es respeto, hijo de puta.
Doña Nora quiere decirle que la rabia no va a curar la herida, que sólo va a conseguir infectarla y hacerla más profunda. Pero permanece muda, mudo, aquella sensación de pesadez va expandiéndose por cada rincón de su cuerpo. Le tiembla la boca.
- Hay alguien más, ¿no? Seguro que conociste a alguien en el estúpido curso ese que empezaste. Nunca me contaste nada del curso, ¿por qué será?
- No digas pavadas, Dani, no te conté mucho porque no había mucho que contar. Te mostré todos los dibujos...
Doña Nora se avergüenza de estar mintiendo. Puede ver claramente el rostro de Carolina dibujándose en su memoria, en la memoria prestada que está recorriendo. Carolina, su cuerpo delgado, sus remeras desteñidas pegadas a sus curvas, sus hombros asomándose como bocas que ansían ser besadas, su pelo enredándose en las manos que la acarician. Culpa, eso es lo que está cubriendo cada poro de su piel. Esa piel que Carolina ha recorrido una y otra vez durante el último mes. Ya pasó un mes, piensa, es increíble. Doña Nora reconoce también el rostro de Carolina.
- Basta, no quiero escucharte más.
Bien, piensa Nora. No quiero escucharte más, esto es inútil. Pero por supuesto, no puede decir algo así.
Daniela da la vuelta, al final del pasillo hay una puerta, hacia ahí se encamina. Doña Nora reconoce también la puerta pero no tiene tiempo para pensar dónde la ha visto anteriormente, ocupada en alcanzar a la muchacha antes de que llegue a la salida. Alcanza a tomarla del brazo enseguida. Daniela se resiste un momento, pero su brazo la toma con firmeza y enseguida siente como el cuerpo de la joven se afloja y se deja llevar. Entonces la hace girar. La observa de frente, y antes de besarla logra ver su propio rostro reflejado en aquellos ojos abiertos de par en par, húmedos, atentos, incluso temerosos.

Doña Nora, puerta 2 de la vieja casona, despierta temblando con la imagen de su vecino Hernán grabada en su interior. Se levanta con esfuerzo y se dirige lentamente hacia la puerta de su casa. Sale.

viernes, agosto 19, 2005

Lo Perdido

Se levantó del mullido asiento del ómnibus, encaminándose hacia la puerta. Segundos antes de descender, retrocedió unos pasos, observó el vacío dejado por su cuerpo en el asiento y siguió su camino.

La tarde era fría, la humedad se hacía sentir calando hasta los huesos.
La calle estaba casi vacía a esa hora de la mañana, aún las personas de la ciudad no salían hacia su trabajo y el sol apenas se insinuaba con un brillo blancuzco detrás del horizonte. En el firmamento la luna se hallaba repleta de su lechosa esencia acompañada del lucero que comenzaba a menguar ante el impertinente avance del astro regente.

Alicia se apretó los brazos con manos enfundadas en los gruesos guantes de lana de alpaca, recuerdo de sus lejanas vacaciones en el alto Perú. Evocaba con nostalgia las calles atestadas, la afluencia de culturas que comenzaba a infectar ese rico paraíso cultural. Pero los recuerdos comenzaban a entremezclarse con otras imágenes, las tardes pasadas en la playa durante los veranos de la infancia, el insensible sol de las montañas en el pequeño pueblo de “Coihues” donde pasara sus últimos veranos. Todo comenzaba a confluir de forma extraña, como si solo un destino fuera latente en sus pensamientos.

Al llegar a la plazoleta frente al vetusto convento “La eterna misericordia” se detuvo en una de las amplias bancas de piedra. Su superficie fría le pareció desagradable, pero ahora el sol se elevaba sobre la tenue capa de nubes gris azulado que comenzara a formarse sobre el horizonte, bañando su rostro y cuerpo con un ligero toque de calor invernal.

El viento había cesado, la invitación fue aceptada, cerró los ojos y comenzó a soñar despierta en ese paraje rodeado de grandes Tipas y Alerces; bañada por el aire frío en una danza continua con las amarillas hojas que aún se negaban a morir. Recordaba con afecto la tarde de verano en que escalara por primera vez la Sierra de la Ventana, los compañeros con quienes había asistido, todos varones, se mofaron de su insistencia. Solo ella creía en sus habilidades, en el potencial que llenaba su cuerpo y espíritu. En aquella oportunidad les demostró cuan equivocados estaban en ver solo su sexo. Había más en ella que solamente una niña, una pareja o una madre.

Sintió el cuerpo bajo las capas de tela, era pequeño carente de los atributos que los hombres buscaban en una amante. Pero eso no era lo que Alicia pedía de los hombres, su compañía solo era para ella un aliciente para continuar con el destino que se había marcado.

Se sacó los guantes y observó detenidamente sus manos con los ojos de la memoria. Amplias palmas de largos dedos blancos como piezas de mármol finamente esculpidos. Uñas cortas, casi masculinas, limpias de esmaltes.

Tocó su rostro con manos frías, piel suave, impoluta, sin un detalle que arruinara su naturaleza. Ni un rastro de los maquillajes que otras mujeres emplearan para ocultar su atractivo natural, la piel carecía del toque pegajoso de las bases y el sucio de los polvos.

Abrió los ojos en cuanto el reptar se hizo evidente. Sobre el dorso de su mano una gorda oruga extendía todo el largo de su cuerpo, atravesando la blanca piel de Alicia. El color de la oruga era dorado como el sol con pequeñas motas negras como ojos redondos a todo lo largo del dorso. Alicia la tomo por las secciones medias de gomosa sustancia y observó al insecto con ojos glaciales. En ciertos momentos se sentía como la oruga atrapada entre unas manos frías que la empujaban contra su naturaleza, pero no más, nunca más.

Apretó el pequeño cuerpo en su palma, ahora endurecida, y se dispuso a continuar el camino del día.

Mientras se alejaba del granítico banco, volvió sus pasos un segundo, observó el vacío dejado por su cuerpo y continuó la marcha.

El día fluyó con la rapidez y fuerza de un vendaval, pero al llegar la noche poco de él quedaba impreso en Alicia, solo sensaciones aisladas, un encuentro, una reunión y la sensación de un viaje que se extendía hasta el infinito. Un viaje que continuaba.

Alicia se dispuso a regresar, pero no sabía a donde. Tampoco recordaba donde se encontraba, de alguna forma había perdido la conciencia de su locación en el mundo. ¿Perú, el mar, la montaña…? Un asiento mullido en un ómnibus indeterminado, la dura superficie de una loza de granito. Se sacó los guantes, la mano derecha estaba fría, tiesa. La superficie de la blanca piel cubierta de una sustancia sucia y mucosa. Acercó la palma a la boca y besó el contenido con una caricia. Se puso de pie y observó el lugar en que se encontraba. Era un salón de lectura tan amplio que sus extremos no eran visibles entre las capas de negrura. Enormes escritorios de lectura deslumbraban con el brillo ambarino de las pequeñas lámparas que iluminaban su superficie. No tardó en notar que se encontraba sola, aunque poco hubiera importado que el salón estuviera repleto de gente.

Delante de ella varios tomos se extendían abiertos, libros de tapas desgastadas y mohosas. Leyó los títulos, pero no le dijeron nada, en Perú no se hablaba latín. La trasmigración del alma le decía poco, así como también los ensayos sobre la memoria corporal que hacía instantes contemplara con sumo interés.

Se apartó confusa, su cabeza pesada repleta de ideas contradictorias.

Antes de salir del salón retrocedió hasta donde se encontraban los libros, observó el vacío dejado por su cuerpo y continuó su camino.

Al cruzar el umbral le deslumbró la fuerza del terracota en la piel de los transeúntes, el mercado se hallaba repleto de turistas y más allá la risa de los escaladores le inflingía el dolor de la burla. Decidió alejarse a tiempos más remotos, y al girar una esquina el rugido del mar la recibía con la brisa cargada de espuma salada.

Por un momento recordó las palabras que había entonado allí, en el obscuro salón, antes de ser completa. Dio la vuelta y observó todos los lugares en que había estado, Coihues, Perú, el mar, el mullido asiento en el ómnibus, la dureza del granito. Todos se entrelazaban en una cadena infinita y continua que se extendía más allá de ella como Alicia, como un ser humano, como un ser.

Vio todos los espacios llenos con su cuerpo, cada vacío ocupado por su materia. Había recuperado lo perdido. Y fue, y es, y será, todo en uno y uno en todo.

martes, agosto 16, 2005

Encuentros con el Diablo VI

Abrí la heladera y sentí un olor horrendo....muy fuerte.....tanto que me obligó a cerrarla. No me sorprendió como debería......(no me extrañaría hallar carne picada que supuestamente tendría que haber sido comida hace 2 dos semanas, debido a lo desordenada que se veía mi vida en ese entonces). No era comida lo que olía tan mal, era mi vida. Supongo que el olor era tan fuerte que hasta en el infierno se sentía ..y el Diablo vino a ver que era lo que apestaba más que él.

Esta vez me encontré a mi mismo hablando con un montón de basura depositada un tacho...ya había sobrepasado el límite de la locura.

Diablo: Sientes eso Inkis...¿No hueles la putrefacción? Claro...ya estás tan acostumbrado...

Inkis: ¡Ahí está el problema!....pensé que algo se pudría en la heladera...no sabía que estabas tu en mi morada...

Diablo: Siempre encuentras un modo irónico para recibirme y ofenderme..

Inkis: La verdad no ofende...

Diablo: Basta de usar y abusar de ese estúpido juego de palabras...lo único que hace es poner una pantalla en tu mente...y de ese modo no ves la realidad. Creo que estás tan asustado que no quieres mirar para afuera…porque la realidad da miedo.

Inkis: ¿Mi realidad o la tuya?

Diablo: La de todos Inkis...la de todos...

Inkis: Claro que asusta, ..de esa manera una sabe que está vivo...Y tu realidad, está basada en mentiras...es un falsedad. Este es el gran problema: la mentira, el engaño...es por eso que este mundo se viene abajo...

Diablo: La verdad que ahora el confundido soy yo. Desde un principio negaste el hecho de que este mundo se está pudriendo...y tu con él...pero ahora tu eres el que afirma lo que fueron mis verdades...realmente me sorprendes

Inkis: A mi ya nada me sorprende...todo es igual. Trabajas, estudias, comes, dormís, lloras, morís......¿Será que la vida es demasiado corta?¿ O será que es una porquería? Todo el tiempo te preparas para algo mejor...algo que nunca llega. Vivís preso...sin libertad. No quiero vivir sin poder ser feliz...y si esta es la vida que me tocó... no la quiero..

Diablo: Pues entonces ven conmigo..

Inkis: Tampoco....Quiero dejar de existir....no quiero ni Cielo ni Infierno..ni quiero vida después de la muerte, cosa que no existe.....no quiero dudas ni problemas....LO ÚNICO QUE QUIERO ES DESCANSAR.....

No se quién me dijo que morís como vivís. Inkis fue encontrado tirado en la cama, rodeado de basura, con toda la cabeza ensangrentada. Dicen los médicos que lo revisaron que su situación es irreversible. Dicen que la única parte del cerebro que pudieron salvar le sirve para mantenerse vivo...pero es como un vegetal...como una roca...como si ya estuviera muerto...

¿A cobrado la locura otra víctima? ...o será que Inkis sabía demasiado... En las actas del hospital está escrito, supongo que por error, que falleció un 24 de Diciembre a las 23:59 debido a un infarto .... pero que nació el mismo día y a la misma hora...como si hubiera nacido muerto...o ese fuese su destino: MORIR. Alguien me dijo una vez que desde el primer día que nacemos, comenzamos a morir...que ese es nuestro destino....
Está escrito también en esas mismas actas...que su padre se llamaba José y su madre María.