CINCO SUEÑOS
II
Hernán no ha cocinado en su vida nada más sofisticado que un plato de fideos, una tortilla o unas hamburguesas. Pero en los sueños todo es posible, y sus manos – que se ven tan delicadas, tan suaves - están trabajando con destreza sobre esas verduras y carnes que hay sobre la mesada.
De todas formas no hay satisfacción en su corazón. No hay rastros de alegría. Sólo esa resignación que con el paso del tiempo ha sabido convertir en falsa esperanza. La imaginación de este cuerpo femenino que ocupa vuela tan lejos de esa cocina, y en su vuelo sueña la llegada del marido feliz que entra silenciosamente y la sorprende con una caricia, luego la toma por la cintura, la besa, se sienta con una sonrisa en la mesa y aplaude al descubrir que ella le está preparando su comida favorita. Le preguntará qué ha hecho durante el día y escuchará con atención mientras saborea la comida todos los giros inesperados que han tomado las telenovelas de la tarde, las peleas más resonantes entre las vedettes, sabrá de la fortuna del correntino que ganó 10 mil dólares con tan solo llamar por teléfono; y todo esto lo hará sonreir aún más, y tras escucharlo todo se acercará a ella y la besará con tanto orgullo, con tanto amor.
Se arrodilla sobre el frío enlosado de la cocina, junto a la heladera. Como todas las tardes, esa mezcla de imaginación, falsa esperanza y horrible mentira que se ha acostumbrado a vivir diariamente le cubre las mejillas de lágrimas.
Hernán sólo piensa en despertar. Pero aún no es el momento, está encerrado en esa vida que está encerrada en sí misma. Sólo puede sentir la frustración desplegada alrededor de toda la cocina, cubriendo mesas, azulejos, pileta, heladera y sillas. Un frío que lo inunda todo.
El movimiento que quiebra el llanto es casi automático. Se acomoda, abre la puerta del horno, toma la fuente con la carne y la echa dentro. En el vidrio de la puerta reconoce vagamente el rostro de la mujer del departamento 4, la puerta en la otra punta del patio.
Los ojos de Hernán se abren violentamente. El cuerpo le pesa exageradamente, pero se las arregla para levantarse y dirigirse hacia la puerta de entrada. Llega al patio con el sabor del sueño aún impregnado en su mirada.
De todas formas no hay satisfacción en su corazón. No hay rastros de alegría. Sólo esa resignación que con el paso del tiempo ha sabido convertir en falsa esperanza. La imaginación de este cuerpo femenino que ocupa vuela tan lejos de esa cocina, y en su vuelo sueña la llegada del marido feliz que entra silenciosamente y la sorprende con una caricia, luego la toma por la cintura, la besa, se sienta con una sonrisa en la mesa y aplaude al descubrir que ella le está preparando su comida favorita. Le preguntará qué ha hecho durante el día y escuchará con atención mientras saborea la comida todos los giros inesperados que han tomado las telenovelas de la tarde, las peleas más resonantes entre las vedettes, sabrá de la fortuna del correntino que ganó 10 mil dólares con tan solo llamar por teléfono; y todo esto lo hará sonreir aún más, y tras escucharlo todo se acercará a ella y la besará con tanto orgullo, con tanto amor.
Se arrodilla sobre el frío enlosado de la cocina, junto a la heladera. Como todas las tardes, esa mezcla de imaginación, falsa esperanza y horrible mentira que se ha acostumbrado a vivir diariamente le cubre las mejillas de lágrimas.
Hernán sólo piensa en despertar. Pero aún no es el momento, está encerrado en esa vida que está encerrada en sí misma. Sólo puede sentir la frustración desplegada alrededor de toda la cocina, cubriendo mesas, azulejos, pileta, heladera y sillas. Un frío que lo inunda todo.
El movimiento que quiebra el llanto es casi automático. Se acomoda, abre la puerta del horno, toma la fuente con la carne y la echa dentro. En el vidrio de la puerta reconoce vagamente el rostro de la mujer del departamento 4, la puerta en la otra punta del patio.
Los ojos de Hernán se abren violentamente. El cuerpo le pesa exageradamente, pero se las arregla para levantarse y dirigirse hacia la puerta de entrada. Llega al patio con el sabor del sueño aún impregnado en su mirada.
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