domingo, septiembre 18, 2005

CINCO SUEÑOS

IV

Es una extraña sensación: estar atrapado sin haber perdido en absoluto la libertad. Lucas sabe que está soñando una vida que no es suya, reconoce el apropiarse de emociones ajenas que forma parte de su día a día en el sillón.
No siente los brazos o las piernas. No puede ver, al menos no del modo en que lo haría normalmente. Es decir, no a través de los ojos. A la vez está inundado de sentimientos. Su cuerpo inmóvil no sabe de boca ni orejas, pero sin importarle esto se extiende poblándose de aberturas, rincones, huecos, humedades y pasillos.
La quietud le es familiar, claro. Pero percibe una vida extraordinaria a lo largo de esta inmovilidad, como este cuerpo respira y se mueve a través de cada uno de sus habitantes. La forma en que toma vida de las pequeñas criaturas que lo recorren, absorbiendo sus pasos, sus temores. Esta quietud, a diferencia de la suya, consiste en una infinidad de diminutos cambios que le otorgan un sentido nuevo a cada instante.
Lucas despierta, aún empapado de aquellas sensaciones, como si el sueño no se decidiera a dejarlo ir. Le cuesta reaccionar, ubicar sus manos, sus pies, su boca. Todo tarda en volver a la normalidad.
Se pone de pie, avanza junto al televisor que continúa encendido, camina hacia el patio central.

La última puerta del patio se abre y todos observan como Lucas la atraviesa en silencio. Luego se miran unos a otros, como un ritual, examinándose, temerosos, llenos de curiosidad, adivinando la razón de esta coincidencia que los reúne. El cielo lanza un guiño con la tenue claridad del amanecer.