IDoña Nora sabe que ella no es él, eso está en claro desde el comienzo. Pero esa certeza natural tan propia de los sueños le permite acomodarse a ese cuerpo ajeno, a esa mente extraña, como si de un viejo vestido se tratara.
Ni siquiera le resulta extraño el rostro de la muchacha que llora delante suyo.
- ¿Cómo podés decirme esto ahora? – reclama ella con ese modo de gritar sin levantar la voz que manejan tan hábilmente algunas mujeres. Como ella misma lo hiciera medio siglo atrás, cuando los jóvenes del barrio peleaban entre ellos por pasear bajo su balcón y ofrecerle charla por las tardes para rogarle su compañía en el baile del sábado.
- Lo digo ahora porque ahora es lo que siento. – Las palabras corren por su boca sin oposición, guiadas por una fuerza y lógica que les es propia. Comienza a dominarla una sensación que le nubla la mirada y le inmoviliza el cuerpo. Permanece quieta, quieto.
- No puede ser, no puede ser. Hace una semana estaba todo bien... planeando todo, a punto de venirme, y ahora saltás con esto... sos un hijo de puta, eso es lo que sos vos.
Doña Nora quiere reaccionar, pero su boca está bloqueada. Comprende todo el dolor de la joven, mientras no puede evitar sufrir el dolor que siente él ante la situación que ha despertado.
- Dani, por favor... te pido que trates de entender. Yo no puedo evitar sentirme así, si yo pudiera cambiaría todo... - Es en vano, Doña Nora lo sabe, pero igualmente acompaña cada una de las palabras como si realmente hubiese algún motivo para hacerlas escuchar.
- ¿Cambiar? - Las lágrimas inundan el rostro de la joven, y por alguna extraña razón es entonces que Doña Nora se da cuenta de que ha visto a aquella muchacha antes.
Fuera de los sueños.
- Sí, cambiar... para que todo siga como antes. Pero hay algo que falta, y no puedo negarlo ni encontrarle solución, Dani. Yo te quiero tanto, y vos lo sabés... - Los puños apretados, la voz resonando en la habitación con tanta fuerza y a la vez tan débil, tan inútil. Quiere creer lo que está diciendo, creer por un momento que queda algo por hacer. Pero cuando esa puerta se abre, sólo queda salir y no mirar atrás. Quedarse es prolongar una despedida que podría hasta olerse en la piel.
- ¿Vos me querés? ¿Y me dejás así, como si nada...? Lo que a vos te falta es respeto, hijo de puta.
Doña Nora quiere decirle que la rabia no va a curar la herida, que sólo va a conseguir infectarla y hacerla más profunda. Pero permanece muda, mudo, aquella sensación de pesadez va expandiéndose por cada rincón de su cuerpo. Le tiembla la boca.
- Hay alguien más, ¿no? Seguro que conociste a alguien en el estúpido curso ese que empezaste. Nunca me contaste nada del curso, ¿por qué será?
- No digas pavadas, Dani, no te conté mucho porque no había mucho que contar. Te mostré todos los dibujos...
Doña Nora se avergüenza de estar mintiendo. Puede ver claramente el rostro de Carolina dibujándose en su memoria, en la memoria prestada que está recorriendo. Carolina, su cuerpo delgado, sus remeras desteñidas pegadas a sus curvas, sus hombros asomándose como bocas que ansían ser besadas, su pelo enredándose en las manos que la acarician. Culpa, eso es lo que está cubriendo cada poro de su piel. Esa piel que Carolina ha recorrido una y otra vez durante el último mes. Ya pasó un mes, piensa, es increíble. Doña Nora reconoce también el rostro de Carolina.
- Basta, no quiero escucharte más.
Bien, piensa Nora. No quiero escucharte más, esto es inútil. Pero por supuesto, no puede decir algo así.
Daniela da la vuelta, al final del pasillo hay una puerta, hacia ahí se encamina. Doña Nora reconoce también la puerta pero no tiene tiempo para pensar dónde la ha visto anteriormente, ocupada en alcanzar a la muchacha antes de que llegue a la salida. Alcanza a tomarla del brazo enseguida. Daniela se resiste un momento, pero su brazo la toma con firmeza y enseguida siente como el cuerpo de la joven se afloja y se deja llevar. Entonces la hace girar. La observa de frente, y antes de besarla logra ver su propio rostro reflejado en aquellos ojos abiertos de par en par, húmedos, atentos, incluso temerosos.
Doña Nora, puerta 2 de la vieja casona, despierta temblando con la imagen de su vecino Hernán grabada en su interior. Se levanta con esfuerzo y se dirige lentamente hacia la puerta de su casa. Sale.