domingo, julio 24, 2005

El laberinto

Su primera elección fue la vida y, sin embargo, lloró. Su primer paso fue errante, tambaleó, pero de a poco, en aquella recta, fue tomando coraje y sus piernas se hicieron fuertes.
Nunca supo quien lo había echado en el laberinto. Pregunto mil veces a lo largo del camino, pero jamás nadie le respondió.
Y el juego continuó.
En un rincón encontró unas ridículas ropas y se vistió, tal vez por vergüenza al verse desnudo. Tal vez por el frío que comenzaba a molestarlo.
En la primer encrucijada encontró a otro vagabundo, juntos tomaron por la derecha. Ambos hombres charlaban durante noches y días. Trataron de encontrarle un sentido a ese cruel maleficio. En una esquina vieron a una hermosa muchacha. Sus ojos de lucero los deslumbró, su piel sedosa los sedujo, pero ella, que también era prisionera de su propio laberinto, lo eligió a él. Entonces, el vagabundo siguió por otro camino, mientras ellos continuaron juntos, caminando un llano de alegrías y lamentos; subiendo cumbres de placer, deteniéndose, a veces, para amarse.
Un día ella desapareció; nunca supo si se equivocó o si fue por su voluntad, a él eso no le importó y, entonces, eligió el sendero de la tristeza, luego el del odio y allí se detuvo. Golpeó las paredes que lo rodeaban, insultó a ese ser ilusorio al que había creado para hacerlo culpable de sus desdichas, al que llamó mil veces sin obtener contestación, a ese que había imaginado para hallar el sentido tan pedido a su historia.
Y otra vez lloró arrodillado en ese recoveco, hasta que se quedó dormido. Una mano lo despertó, una voz antes oída le habló amable y él, volvió a ver a aquel vagabundo del que se había separado al encontrar a la mujer. El le contó lo sucedido con ella y el vagabundo lo consoló, luego le habló de lo que había visto durante su solitario peregrinar. Le dijo que había otras personas y otros laberintos que se cruzaban entre sí, que en definitiva, formaban un enorme laberinto que parecía no tener límites. Le dijo, también, que sucedía a veces que una de esas personas encontraba la salida y no se sabía nada más de él. “Egoísta que no regresaba para guiar a los demás”, le contestó el hombre, pero el vagabundo respondió que cuanto más se pasa en el laberinto, menos se quiere encontrar la salida. Le relató la anécdota del hombre que volvió para guiar a los demás hacia la salida, pero que estos lo alejaron a golpes y tuvo que salir otra vez.
El vagabundo, después, tomó la mano del muchacho y juntos se dirigieron al rincón de la melancolía. Allí ambos recordaron sus momentos mágicos y una lágrima rodó por sus mejillas. Después continuaron el azaroso camino.
Durante buen tiempo eligieron los mismos desvíos, descubrieron que tenían las mismas pasiones y los mismos temores. Sin embargo se volvieron a separar, pero se prometieron que en alguna esquina, de esa imponente estructura, sus destinos se cruzarían.
Pasado algún tiempo el hombre se acostumbró a vagar por aquel laberinto. Al igual que el otro, pudo encontrar a mas personas que lo condujeron por sus propias rutas; a veces él los seguía, a veces no. El quería fijar su propio sendero y consideraba que ya tenía la experiencia para hacerlo, pero en muchos momentos se equivocó, dándose cuenta que andaba por bifurcaciones que ya había recorrido.
Un día conoció a otra mujer, diferente a cualquiera con la que se hubiera cruzado antes, diferente, incluso, a la primera. Consideró que sin ella no podría proseguir, que sin sentirla junto a él se perdería aún más. Y no dudó; él siempre supo que ella estaría a su lado.
Y como se prometió con el vagabundo, de tanto en tanto, se reencontraban en una esquina y charlaban. No era difícil porque, a pesar de ser aquel un laberinto complejo, ellos siempre iban cerca el uno del otro.
Pero un día el vagabundo no pudo ser encontrado. El hombre preguntó a los demás y nadie sabía cual había sido su suerte. Solo una mujer muy anciana le relató que el vagabundo había hallado la salida y que ella lo acompañó hasta allí. El hombre se lamentó y se refugió lentamente –todo era lento ya en él- en el rincón de la melancolía, otra vez.
Con el transcurso de los años había tallado en su memoria un mapa del laberinto y aunque a veces olvidaba algunos lugares a los que quería volver, los sitios más importantes nunca se perdían en su mente. Solo le faltaba conocer la salida, pero sabía, y con certeza, que le faltaba muy poco. Y también sabía, con la misma certeza, que en la salida también habría una esquina donde se volvería a encontrar, por última vez, con el vagabundo, su amigo.